¡Google me ha regalado 75 euros en publicidad! ¿Qué hago?

Tarde o temprano si no lo ha hecho ya, aparecerá en nuestro buzón una carta, casi una tarjeta postal, con el logotipo de Google. Dentro hay un código intercambiable por 75 euros en publicidad. ¿No es maravilloso el mundo?
Bueno, a veces. Para empezar, Google nos regalará los 75 euros en cuestión con una condición: Que nos gastemos 25 de nuestro bolsillo. Aún así es un buen regalo, podemos pensar. Y lanzarnos al proceloso mundo de la publicidad en Internet de la mano de Google y sus Adwords. Y entonces, ¿qué?

Pues lo primero que descubriremos es que la cosa no es tan fácil. Y esto no es del todo malo: Google hace un estupendo trabajo poniéndonos relativamente fácil lo que en el fondo es muy complejo. Pero no se puede evitar que la necesidad de control por parte de nosotros, los (recién autodenominados) anunciantes, transpire en forma de mil controles y conceptos nuevos: Precios de las palabras (ah, ¿que las palabras tienen precio?), discriminación geográfica, horaria, que si el PageRank, y un aparente sinfín de parámetros que hay que empezar a conocer para controlar. Porque no controlarlos equivale a que la campaña no esté controlada, y una campaña que no está controlada solo obtiene un resultado: Tirar el dinero. Sí, los 75 euros que no le duelen a nadie y los 25 que solo nos duelen a nosotros.

Por otra parte, aunque depende de lo que hagamos exactamente, en general 100 euros en AdWords no dan para gran cosa, especialmente si no sabemos mucho de aquello (véase el párrafo anterior). Así que nuestra experiencia típica como receptor de una primera tarjeta de “publicidad gratis” de Google se puede resumir habitualmente en dos puntos:

  1. Que tenemos 25 euros menos en el bolsillo.
  2. Que Google tiene 25 euros más.

¿Qué hacer, pues? Bueno, fácil: Lo de siempre. Aprender de la experiencia y aplicar la vieja enseñanza número uno de la actividad económica: Zapatero, a tus zapatos. Con esto no quiero denigrar al respetable gremio de los fabricantes y reparadores de calzado sugiriendo el intrusismo profesional de ningún ex-presidente del Gobierno. Lo que quiero decir es que hay gente que se dedica a esto. Están todo el día pensando en precio de palabras, y también en densidad, en PageRank, en costes de campañas, y en dar la vuelta a la tortilla para que una campaña que podría ser carísima, hábilmente afinada, cueste la mitad.

Este es uno de esos casos en que el trabajo profesional acaba saliendo más barato que el bricolaje. En vez de invertir mucho tiempo en aprender a hacer campañas de Google, sale más a cuenta invertir un poco en entender lo básico, y armados con este conocimiento, buscar a quien nos haga el trabajo con garantías.

Una cosa estupenda de este tipo de proyecto es que, literalmente, el precio lo puede poner el cliente. Es perfectamente posible ir a nuestra agencia de marketing digital de confianza y decir tranquilamente que estamos pensando en invertir tantos euros al mes, tantos meses, en ello; y que de esos euros tiene que salir lo que se lleve Google, los emolumentos de la agencia y cualquier otro trabajo que sea necesario llevar a cabo. Ya nos dirán ellos qué podemos esperar a cambio, y si consideran que nuestro presupuesto es demasiado magro o demasiado generoso (sí, esto también ocurre). En este sentido, estos proyectos son, la verdad, mucho más agradecidos que alquilar una oficina. O que hablar de política.