¿Debería hacer el esfuerzo de mantener mi dominio, mi alojamiento, y sobre todo, configurar mi correo?

Depende de en cuánto valores tu privacidad.

Como se suele decir y es una verdad casi universal: si no eres el cliente, eres el producto. Es decir: Si tienes un correo electrónico, pero no pagas a un proveedor para que mantenga una plataforma en que tu correo electrónico (y tus bases de datos, y ficheros, y etcétera) se mantengan seguros y legales, entonces el proveedor saca su beneficio de otro modo. ¿Cómo? Con los datos que hay en tu correo, claro.

Cuando esto se plantea en presencia de aperitivos y bebidas con base de cebada o uva, invariablemente aparece, y pronto, el argumento: “Yo no tengo nada que esconder”. Fenomenal. Pero, ¿cuánta gracia te haría que la foto en tu boda, en actitud claramente celebrativa, apareciera en una búsqueda que está haciendo en Google alguien que está evaluando si eres un buen fichaje para su empresa, o no? ¿Molaría que las claves que te han mandado por correo para entrar en tal o cual tienda o (perdónete quien pueda) en tu banco, estuvieran a disposición de empleados mal pagados en un remoto lugar de Asia, que trabajan para la multinacional que te suministra (gratis, eso sí) tu correo electrónico?

Los grandes proveedores de correo gratis, y también los de plataformas sociales gratis, están empezando a ver con preocupación cómo el público va adquiriendo conciencia de su necesidad de mantener una privacidad razonable. Sin duda, razonable significa una cosa distinta para un policía de delitos tecnológicos, que para un jubilado del sector de la construcción. Pero por poco que signifique, el que haya grandes empresas que viven de leer tu correo, o que incluso cobren por permitir que otros lo hagan, empieza a incomodar a gran cantidad de personas. Mucha gente empieza a hacerse preguntas y el cuarto poder a obtener respuestas, que no son nada del agrado de los que ya van adquiriendo un respeto por la custodia de su intimidad.

¿Cuánto vale esa intimidad? Pues lo sorprendente es que vale una ridiculez. Estamos tan acostumbrados a no pagar nada, que en cuanto hay que pagar algo, por ridículo que sea, nos duele como cuando el taller nos empieza a hablar de la junta de la trócola. En plata, necesitamos un dominio. Si queremos uno que suene a conocido, o sea un .es o un .com, nos costará en torno a los cuatro desayunobares al año. Lo otro que necesitamos es un alojamiento, y uno suficiente para lo que queremos, no pasa de unos diez o doce. Total, por alrededor de quince desayunobares anuales, nadie meterá la nariz en nuestras cosas. Al menos, en nuestro correo. Ni venderá a nadie la posibilidad de hacerlo. ¿Cuánto vale nuestra privacidad?¿Más, o menos que quince desayunobares anuales?

Como bonus, nuestra dirección de correo será mucho más personal, identificable y, en resumen, molona.